Paseos

Exiliados afrancesados y liberales en Burdeos

Caminar por las calles de Burdeos supone transportarse, de facto, a la Francia del XVIII. De la plaza de Grands Hommes nacen y se disponen, en forma de rayos de sol, las calles que portan los nombres de Voltaire, Rousseau, Montaigne y Montesquieu. Burdeos, no podemos obviarlo, es cuna de estos dos últimos. A pocos metros de esta Plaza, la calle Esprit des Lois, rinde homenaje a la obra sumaria del bordelés universal que con sus principios de igualdad y libertad, esculpió las formas de los emergentes regímenes contemporáneos.

Y como los tres poderes de Montesquieu, tres son los lados que delimitan el corazón, el alma, de esta ciudad de las luces. En forma de triángulo equilátero, símbolo de la armonía y la igualdad que promueve la ley, se dibuja el quartier a través del cual seguiremos los pasos de nuestros compatriotas.

En la parte más alta de este Triangle d’Or se alza, con sus formas neoclásicas y simulando el ágora de la nueva polis, el Gran Teatro, obra magna de Victor Louis.

Por las calles de esta ciudad, transposición arquitectónica del espíritu de la Ilustración, vivieron, como diría Ortega, “sorbiendo sus alborozos, apurando sus amarguras, aguantando sus dolores, hirviendo en sus entusiasmos” , Francisco de Goya, Leandro Fernández de Moratín, Manuel Silvela, el Marqués de San Adrián o el antiguo Virrey de Nueva España, el también navarro, Miguel José de Azanza.

Reformistas ilustrados, los unos, liberales revolucionarios, otros; todos fueron víctimas en 1813, en 1823, o en ambas ocasiones, de la expulsión promovida por Fernando VII. Fieles a “La Pepa” o afrancesados, a todos les unía su anti-absolutismo y el ser emigrados políticos por oponerse a su rey.

Burdeos fue para ellos la ciudad lo suficientemente cercana a España, como para mitigar la añoranza; lo deseablemente culta, como para elevar su espíritu inquieto; lo necesariamente distante, como para evitar el afán de revancha de sus enemigos.

En ella cultivaron sendas amistades con la burguesía local, y apellidos como Davroy, Brosse o la figura de Joseph Galos, se confunden con la propia historia de estos españoles que, mostrándonos hasta que punto las identidades son múltiples y compuestas, devendrían también bordeleses.

En esta ciudad, Silvela prosperó en sus negocios, Moratín gozó en sus teatros y el Marqués de San Adrián continuó siendo el “Maestro de ceremonias” de la comunidad española, a pesar del exilio y eclipse de José I.

Llegaron al país vecino con todo su patrimonio y se beneficiaron de una renta anual de 10.000 francos hasta la caída definitiva del Imperio. Los afrancesados dejarían de complacer a las autoridades francesas cuando la revolución también fue derrotada en el país galo. Los josefinos serían considerados tan enemigos de su legítimo rey, Fernando VII, como del rey de Francia, Luis XVIII, en la medida en que el absolutismo triunfaba en Europa tras el destierro definitivo de Napoléon en Santa Elena y la reorganización del mapa europeo pactado en Viena. Pero su patrimonio personal les permitió vivir con desahogo y holgura y los seguimientos de los que fueron objeto, no les impidieron cultivar una rica vida social y emprender, en algunos casos, empresas de éxito.

Hoy, doscientos años después, las celebraciones de la promulgación de la Constitución de Cádiz, nos dan la oportunidad de devolverle el pálpito a aquel Burdeos de principios del siglo XIX. Hoy podemos, siguiendo los pasos de tan significativos personajes de la historia y cultura españolas, volver a descubrir esta ciudad de acogida, símbolo mineral del Siglo de las Luces.

David Aller Soriano

“Triángulo de Oro” es la denominación que los bordeleses dan al centro de su ciudad.
ORTEGA y GASSET, J; En torno a Galileo, ed. Revista de Occidente, Madrid, 1956, p. 1.