Paseos

Goya y “La lechera de Burdeos”

Goya es el primer artista moderno tanto por su obra como por la manera que se enfrenta a la misma por lo que no tiene nada de particular que un profesional del arte contemporáneo se interese por él. En mi caso, además, se da la circunstancia de que Goya está presente en mi vida desde pequeña pues recuerdo coleccionar cromos que reproducían conocidas obras del pintor.

De alguna manera, Goya también está ligado a mi venida a Burdeos pues uno de los dibujos que él realizó en esta ciudad, “Ni por Esas”, dio título a una exposición del artista John Baldessari, gran admirador de Goya, que comisarié con Vicente Todolí y que se presentó en el CAPC en 1989. Pero lo que me llevó a investigar el destino de Goya en Burdeos fue la polémica en torno a su “La lechera de Burdeos”, la tela considerada unánimemente como precursora de la modernidad pero también la más enigmática de ese periodo. Especialistas como Juliete Wilson-Bareau o Manuela Mena señalan a Rosario Weiss, quien diera sus primeros pasos en el dibujo guiada por Goya en la intimidad del hogar y quien, en Burdeos fue discípula de Pierre Lacour, director de la antigua Escuela gratuita de Dibujo, la actual Escuela de Bellas Artes, y, por tanto, mi predecesor.

Sea como fuere, es porque me interesa Rosario por lo que en su día decidí abordar la vida de Goya en Burdeos. Pienso en ella cada vez que contemplo el Paseo de Tourny y la Calle Intendance, uno de sus domicilios bordeleses, desde la esquina en que actualmente se encuentra la tienda de Apple. Evoco, entonces, el paseo de 45 grados que daba el pintor lenta y trabajosamente mientras recorría el reducido espacio que abarcaba su vida al final de sus días.

Pienso en esta escena porque veo en mi mente a la pequeña llevando de la mano a Goya con gran pesar de éste pues lo que él desea con todas sus fuerzas es ir a tomar chocolate con Pío Molina, Manuel Silvela y sus amigos refugiados liberales y josefinos a la trastienda de Braulio Poc, en la calle de la Petite-Taupe (hoy calle Huguerie) o, en su defecto, andar a su aire por las calles de la ciudad o visitar los gabinetes de lectura-librerías en compañía de Leandro Fernández de Moratín mientras critican a Fernando VII.

Admiro profundamente a Rosario Weiss. La admiro independientemente de que tuviera que hacer frente al terrible handicap de ser mujer artista además de discípula de Goya siendo niña e independientemente de que tuviera que soportar no ser reconocida oficialmente como hija de Goya ni por él mismo ni todavía menos por Javier y Mariano, el hijo y nieto legítimo, cuando todo el mundo lo consideraba su padre o, como mínimo, no lo descartaba.

Y me gustaría reivindicar su figura y resarcirla de alguna manera de haber tenido que tirar tantas veces con todas sus fuerzas de ese anciano de ochenta años –un prodigio de longevidad para la época-, sordo y torpe, que ha pasado a la posteridad como el paradigma del genio y que es también en según qué cosas el peor de los genios.

Guadalupe Echevarría